martes 23 de junio de 2009
Resultados Segunda Convocatoria de Microcuentos 'El dinosaurio'
Costumbres raras, Daniel Frini
— ¡Ahí viene otra vez!¡escóndanse! — dijo el sapo más viejo
— ¡Te llena la jeta de saliva! — acotó un sapito
— ¡Repugnante! — sentenció el sapo educado
La princesa, etérea y radiante, iniciaba su ronda habitual de besos.
Segundo Puesto
Inocencia perdida, Nacho Viñuela
Con el tiempo, acabó por descubrir que sus padres eran no sólo los reyes Magos y el ratoncito Pérez, sino sobre todo el monstruo debajo de la cama.
Tercer puesto
Ch’in Er Shi, Daniel Frini
Er Shi Huang Di, el segundo emperador de China, buscó la isla de Zhifu interesado en la inmortalidad; tal como lo hiciera su padre, el legendario Ch’in Shi Huang Di. Demostrando una vez más, que al destino lo hace la suerte; a pesar de ser notablemente menos capaz que Ch’in, Er sí encontró la vida eterna. Pero no supo qué hacer con ella. Hoy atiende un puesto de comida china en Retiro. Los parroquianos se sonríen y le palmean condescendientemente la espalda cuando cuenta cómo escapó de la rebelión de Liu Bang, en el doscientos siete antes de Cristo.
Cuarto Puesto
Cosas de niños, Marta Abelló
Cerró los ojos. Las puertas del armario, entreabiertas, dejaban paso a la temible oscuridad de su interior. Cosas de niños, pensaba, así que abrió los ojos de nuevo y decidió levantarse de la cama. Sus pies descalzos le enviaron la primera señal de peligro: la segunda fue su corazón tembloroso. La tercera señal la dio su boca, que se abrió en forma de grito. Alguien, bajo la cama, asía sus tobillos y, aterrorizado, miró de nuevo hacia las puertas del armario, entreabiertas. Cosas de niños, pensaba, pero los dedos extraños en sus pies no estaban de acuerdo.
Quinto Puesto
Tensa incertidumbre, Mercedes Pajarón
Sentado dentro del camión, apretujado entre sus compañeros, enfundado en su uniforme de trabajo y sudoroso por el calor -o quién sabe si por algo más-, piensa en los platos de comida abandonados a toda prisa en el cuartel, y se pregunta qué le espera más allá de la columna de humo que se levanta, densa, virulenta, imponente, poderosa y amenazadora, en un barrio de la gran ciudad.
viernes 29 de mayo de 2009
Segunda Convocatoria de microcuentos 'El dinosaurio'
¿Plaga?
Cuando el anciano señor Bonifacio salió de buena mañana a regar los geranios que malvivían en su balcón urbano, no esperaba encontrar unos sorprendentes huevecillos azules en las macetas. Lo que menos se imaginó entonces es que a mediodía sólo iban a quedar las cáscaras vacías. Y tampoco suponía que por la tarde, las plantas desaparecerían, arrancadas de cuajo…
Con la llegada de la noche, un funesto presentimiento se apoderó de su alma: el anciano señor Bonifacio ya sabía con dócil resignación que iba a ser el plato principal de una perversa cena.
Angustias
El capitán atracó su vigorosa nave en la vida de Angustias para enseñarle el lenguaje del amor mediante nudos marineros y seducirla con su palo mayor.
A Angustias, para qué negarlo, el corazón le iba a toda máquina.
Pero cuando llegó el momento de partir, el lobo de mar levó anclas con tanta torpeza que le arrancó el alma, la arrastró por las oscuras aguas saladas, y acabó siendo pasto de un banco de sardinas. Angustias quedó entonces condenada a galeras sentimentales, mientras él seguía su rumbo con las velas de la indiferencia.
Amores perros
Dijo ella:
- Creí que íbamos a olvidar lo que sentimos.
- Sí, pero yo no puedo.
Dijo el cerrando brevemente los ojos. Y en ese lapsus, ella, cual Campanilla, aprovechó a agitar sus alas y desapareció de su vida.
Amores que matan
Cuando lo encontraron muerto, aún sonreía. El arma homicida fue una flecha diminuta que ninguna investigación aclaró cómo pudo volar desde el corazón tatuado en su brazo izquierdo hasta el interior de su pecho. Por primera vez la ciencia tuvo que aceptar que ciertamente, hay amores que matan.
Amor Onírico
Al despertar el marinero, ella ya no estaba. Pero el sueño había sido real.
Junto a su cuerpo desnudo, una pequeña escama dorada le confirmó que estaba en lo cierto: la sirena le amaba.
Amor ciego
Siempre se había preguntado por qué al besarse cierran los ojos los enamorados. Sin embargo, cuando llegó el momento, también los había cerrado, obediente. Y al abrirlos, en mitad del beso, se dio cuenta de que su amante era otro.
Alto consumo
Acuden a los escaparates como las polillas a la luz de las lámparas. Rebotan, insistentes, de un cristal a otro hasta que, al fin, tras el parpadeo de una puerta que se abre automáticamente o el esfuerzo de empujarla con los brazos, se encuentran en el interior de una tienda, un centro comercial, un supermercado. Entonces, con propósito renovado, revolotean por pasillos y mostradores, ansiosos por soltar su carga: el dinero que les quema las manos.
Ascensor
...Leía el periódico en el ascensor mientras sentía el húmedo aliento de un tipo detrás de mí. De reojo, vi que el tipo alto y estrafalario me observaba con atención. Al dar un paso adelante y alejarme, me susurra al oído: Mira hijo ya casi llegamos al piso donde trabajo.
Cajita de mentas
Tengo aquí una cajita de mentas. Bueno, es más así como un pastillero. Las mentas llegaron después. Aunque no sé… creo que su función principal es de artículo promocional. Tiene el logotipo y contacto de una empresa de acero inoxidable.
Ahora que lo pienso, parece que el pastillero es de acero inoxidable. En mi mente hace sentido. Que increíble. Tantas funciones en tan pequeño paquete. Mis mentas se encuentran muy bien resguardadas, y el logotipo de la empresa no es feo. Que maravilloso es el universo.
Más… no creo ocupar nunca un proveedor de acero inoxidable.
Ch’in Er Shi
Er Shi Huang Di, el segundo emperador de China, buscó la isla de Zhifu interesado en la inmortalidad; tal como lo hiciera su padre, el legendario Ch’in Shi Huang Di.
Demostrando una vez más, que al destino lo hace la suerte; a pesar de ser notablemente menos capaz que Ch’in, Er sí encontró la vida eterna. Pero no supo qué hacer con ella. Hoy atiende un puesto de comida china en Retiro. Los parroquianos se sonríen y le palmean condescendientemente la espalda cuando cuenta cómo escapó de la rebelión de Liu Bang, en el doscientos siete antes de Cristo.
Cien Monedas
El no tenía más de treinta años y ya había perdido la fe, suplicó por unas monedas, un hombre de buen vestir que pasaba, le dio lo que pedía, limosna, fue así como recibió aquellas cien monedas de oro, delirante de alegría, no pudo contener el llanto y le agradeció a Dios, pero Dios ya no podía escucharlo, era muy tarde, aquel pobre hombre con sus cien monedas en el bolsillo, no pudo escuchar la condición, ensordecido por el brillo de las monedas y por su mediocridad, había vendido su alma y Satanás era ahora el dueño.
Cosas de familia
El asesino pensó que ese frío que ascendía por su espalda no era más que la mano de María. Así que sonrío y cerró los ojos entregándose a esa breve caricia. Entonces José Roberto Páez, su hermano menor, accionó el gatillo. Nadie volvió a saber nada de los dos.
Cosas de niños
Cerró los ojos. Las puertas del armario, entreabiertas, dejaban paso a la temible oscuridad de su interior. Cosas de niños, pensaba, así que abrió los ojos de nuevo y decidió levantarse de la cama.
Sus pies descalzos le enviaron la primera señal de peligro: la segunda fue su corazón tembloroso. La tercera señal la dio su boca, que se abrió en forma de grito.
Alguien, bajo la cama, asía sus tobillos y, aterrorizado, miró de nuevo hacia las puertas del armario, entreabiertas. Cosas de niños, pensaba, pero los dedos extraños en sus pies no estaban de acuerdo.
Costumbres raras
— ¡Ahí viene otra vez!¡escóndanse! — dijo el sapo más viejo
— ¡Te llena la jeta de saliva! — acotó un sapito
— ¡Repugnante! — sentenció el sapo educado
La princesa, etérea y radiante, iniciaba su ronda habitual de besos.
De la historia sagrada
Tarde descubrieron los reyes magos que la famosa señal divina en el horizonte no era otra cosa que una artimaña ideada por Herodes para alejarlos de la escena del crimen.
Deber de padre
Bueno papá, déjese usted de llorar. Al fin y al cabo, es su obligación proveernos alimento. A propósito: vuestro brazo está muy sabroso aderezado con finas hierbas y acompañado de un buen cabernet sauvignon.
Desconectar
-No está terminada. Necesita medidas de seguridad.
-Pero, ¿funciona?
-Sí.
-Pues vámonos. Necesitas un descanso. Sólo quiero que desconectemos unos días de tanto trabajo. Los dos juntos.
Estaba cansadísimo. Había trabajado día y noche y no le quedaban fuerzas para luchar. Le vendría bien un pequeño descanso.
Al fin, accionó la máquina.
-Cariño, no veo nada. ¿Por qué no...?
-...
La máquina se paró en la época precolombina, dónde estuvo su casa en el futuro.
Pero no había nada. Absolutamente nada.
No se habían movido. Su casa, su continente, su Tierra, su Sol, su Universo sí lo habían hecho.
Discriminación
-Madre ¿porqué los niños no quieren jugar a la pelota conmigo?
-Hijo, deja que ellos jueguen sus juegos. No son malos; solamente temen a los desconocidos. Ahora, se buenito y quédate quietito en tu ataúd.
Dolor fantasma
A pesar de que decía quererme para siempre, un día se fue. Sin preguntarme ni darme explicaciones, se llevó todo lo que era par. Incluso mi propio reflejo. Y, desde entonces, he tenido que dejar de afeitarme.
El muro
Napoleón Bonaparte calculó que las piedras de las pirámides de Egipto serían suficientes para construir un enorme muro alrededor de Francia.
Ayer me atreví a saltar el muro: no quedaba nadie.
El primer oficio de Dios fue ser cuentista
En el principio creó Dios los cuentos y la poesía. La poesía estaba desordenada y vacía, los cuentos estaban sin contar, y el espíritu de Dios se movía sobre la esencia de las palabras.
Dijo Dios: “Habrá una vez…” Y fue el cuento y la poesía.
Vio Dios que el cuento y la poesía eran buenos y los llamó humanidad.
El significado de la responsabilidad
“A más poder, mayor responsabilidad”.
“A mayor edad, más obligaciones”.
“Y cuanto más alto llegas, mayor es el riesgo de caer”.
Entonces…
¿Por qué no me entiendes cuando te digo que no es buena idea subir al tejado a por la pelota?
- ¡Para ya, Laura! ¡Lo que pasa es que tienes miedo!
- ¡No es verdad! Pero como mamá nos pille, nos la vamos a cargar los dos…
Ella y él
Hubo una vez una mujer y un hombre que vivían en países distantes, tan distantes que sólo podían verse a través de un espejo. Ella quería ser una princesa, con sus vestidos suntuosos y sirvientas por doquier; él quería ser un conquistador y librar gestas dignas de leyenda. Ambos soñaban con el amor de su vida: él soñaba con una hermosa princesa; ella, con un gran conquistador. Pero un día se cruzaron por casualidad frente al espejo y no se reconocieron, porque estaban ciegos y no pudieron ver sus sueños.
En el pedir está el dar
Le rogué por meses, años que dejara de seguirme. Su presencia se había vuelto un fantasma constante, una barrera infranqueable para quien quisiera acercarse a mí, bajo cualesquiera circunstancias. Aislada del mundo que una vez había reconocido como mío, me encontré sola y aburrida al punto de forzar una conversación con mi acosador y ahora, único compañero. Después de entablar una bonita y quizás enfermiza amistad, le pedí otra vez que se alejara –por favor- le susurré, -¿ya ves?- me dijo -las cosas dichas al oído se entienden mejor.
Estatuas ecuestres
En las estatuas ecuestres, si el animal tiene las dos patas al aire, la persona murió en combate. Si tiene una de las patas delanteras elevadas, la persona murió de heridas recibidas en combate. Si el caballo tiene las cuatro patas en el suelo, la persona murió por causas naturales. Y si el caballo no tiene patas, deberías visitar un psiquiatra.
Evento ligado a la extinción
La bomba se me fue de las manos. Sólo quería destruir el laboratorio que jugaba con el tiempo. Yo no tenía nada en contra de la ingeniería genética. Nada en contra de aquellos cocodrilos, lagartos, pájaros y roedores.
De algún modo, la explosión provocó algún tipo de reacción entre ese laboratorio y el de ingeniería genética.
Lo siento. Yo fui el creador de tu línea temporal. Yo los traje aquí. Creo que los llamáis lagartos terribles.
Fábula
El león quiso demostrar que él era, no solo el amo de la selva, sino también de todo el planeta. Un día reunió a la prensa y a todos los cuadrúpedos bestiales, y les dijo:
─Voy a subir la gran montaña. Seré el primer animal terrestre en hacerlo.
Buscó mapas, calculó ángulos, y se marchó.
Luego de veinticuatro horas , alcanzó la cima.
Satisfecho por haberlo logrado, se durmió. De pronto, escuchó una vocecita:
─¡Bienvenido a la cima del mundo!
Al incrédulo león le dio un infarto y expiró.
La hormiguita le pasó por encima.
Frankenstein en estos tiempos
La Criatura ignoró a la niña de la margarita y se zambulló en el agua, hechizado por el reflejo de su cuerpo construido con cuerpos de pasarelas y gimnasios.
Herencia
Era la viva imagen de su difunto padre. Sin llegar a conocerlo, había heredado cada uno de sus rasgos, su voz y hasta la forma de ver el mundo a través de una miopía siempre en aumento. La madre jamás salió de su asombro. Sin duda, él había vuelto del más allá para vengarse de aquella traición con su hermano gemelo.
Héroes y juegos
Así de repente comienza. Doy el primer paso un tanto temeroso. Sigo corriendo, cada vez más y más rápido. Comienzo a tomar ritmo, a leer a mis enemigos, a sentir su presencia. Mis sentidos despiertan ante el peligro. Escaleras, trampas y muerte. No me detendré, no ahora y no después de tanto tiempo.
Todo esto ya lo he vivido antes. Cuarto tras cuarto de eterna repetición. Muero pero sin realmente dejar de existir. Me muevo; pero sin realmente tener el control.
Mi vida es un laberinto. Uno que parece no tener fin.
Inclinación
Teníamos siete años. Ella sabía tanto como una de quince. Jugábamos a que éramos novios, yo el hombre, ella la mujer. Nos encerrábamos en el cuarto de su mamá, que antes había sido el de mi abuela. Yo me hacía encima de ella y fingíamos que tirábamos. Me explicó qué era venirse y cómo se sentía la eyaculación: yo debía avisarle para venirnos al tiempo. Un día, como a los ocho, me pidió que no jugáramos más. Nos podíamos volver lesbianas, dijo. No quise preguntar más, soy orgullosa de nacimiento. Fue así como me aficioné al diccionario.
Inocencia perdida
Con el tiempo, acabó por descubrir que sus padres eran no sólo los reyes Magos y el ratoncito Pérez, sino sobre todo el monstruo debajo de la cama.
Las mil y un dinosaurio
─Te contaré el cuento del nunca jamás...
─No, no es muy original.
─Había una vez, dos...son tres, tres cerditos...
─No, ese es muy predecible.
“¡Ay, Dios mío, tengo que contarle un cuento ingenioso!”, pensó. Entonces tuvo la más brillante de las ideas y le dijo: ─“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. De ahí en adelante, Scherazada, estuvo mil noches explicándole al rey por qué el animal se quedó.
Leyes
- ¡Protesto!
- No se admite la demanda.
- ¡Pero mamá! A mis amigas les dejan estar fuera hasta más tarde. ¡Es lex loci!
- Aquí es irrelevante. Nuestra lex domicilii es “a las once en casa”.
- ¡Es lex iniusta! Exijo el recurso de amparo al Tribunal Supremo… ¡Papá! ¡Mamá no me deja salir!
Pero bueno… ¿Ya estáis otra vez? (¿Por qué me casaría con una abogada?)
MORALEJA: “La categoría profesional no influye en las discusiones madre-hija”.
* lex loci = ley del lugar
* lex domicilii = ley del domicilio
* lex iniusta = ley injusta
Lister Rosenthal está perdiendo pegada
Fuff.
Inflo la boca y hago fuff. Contra el espejo, mientras mi esposa duerme, hago fuff. Frente al espejo helado, cuando los chicos están en la escuela, hago fuff. Desnudo hago fuff. Y cuando la nube húmeda se disipa, click. Foto.
—A Flickr —me digo, y le apunto con el dedo y le guiño un ojo a mi yo en el espejo.
A los cuarenta y nueve años soy tan cool. Fuff hago; hago fuff.
Los novios
Anudaba su corbata frente al espejo. Recién afeitado y con aquel traje, estaba arrebatador. Salió a la calle.
La novia aguardaba ya en el coche. No hubo palabras durante el trayecto. El silencio pesaba sobre sus almas.
Los dos hombres, trajeados igual, llevaron a la muchacha en volandas hasta la iglesia. El novio esperaba ya junto al altar.
En lugar de marcha nupcial, sonaba el Réquiem de Mozart. Lo que el cura no pudo unir en vida, lo uniría en la muerte...
Estaban hermosos, cada cual en su féretro, y rodeados de flores, familia y amigos.
Magia real
A él le gustaba ver el lado mágico de las cosas. Por eso creía en hadas y seres mitológicos de todo tipo. La fantasía hizo de él un loco y la rutina laboral un resignado, pero sólo a medias. Resultaba evidente que su jefe era un auténtico ogro.
Me Incrimino
Cada vez que ella, percibe que no estoy pasando por un buen momento, se convierte en un monstruo implacable, me ataca sin piedad. Temeroso, inseguro, cobarde y perdedor, son algunas de las más recurrentes palabras con que me hiere. Ayer no pude soportarlo más, sabía que no podía mirarla a los ojos, entonces, la ataque por la espalda, corté su garganta con odio, cada gota de sangre que broto de su cuello me liberó, me llenó de fuerzas y de gozo, fue así como vi morir a la despreciable, falta de confianza que siempre me acompaño.
Mi duende
Mi duende se llama Marcela. Es algo traviesa, pero jovial. No me esconde los zapatos ni las llaves, pero se divierte imitando nuestras voces. A veces me llama y me habla con la voz de Julia, y yo contesto. Entonces oigo a mi esposa que me dice yo no te he llamado. Otras veces es lo contrario y es Julia la que escucha mi voz. Creo que Marcela vive debajo de la planta de albahaca…todavía puedo sentir su aroma en mi piel.
Mitología sobre los gemelos
—Nunca he entendido porque de cuando en cuando sales corriendo al baño, gimiendo de manera extraña y duras horas encerrado. No es que sea muy importante para mí, pero no quiero secretos entre nosotros dos.
—Siempre has sabido que Joaquín, mi hermano gemelo, es quien tiene éxito con las mujeres Emilia. Lo que nadie sabe es que soy yo el que soporta los orgasmos de sus múltiples faenas.
Montañeros
Mi padre desapareció hace veinte años, en la ascensión al Nanga Parbat. He sentido emoción, vértigo y furia al encontrarlo en una grieta de la cara norte, sin una arruga, más joven que yo.
Creo que voy a matarle.
Noche invernal
Estaba sola en el jardín de su casa. Era madrugada, en invierno. Un frío tajante le recorrió la espalda y sintió una mano tocándola en el hombro izquierdo. Giró hacia atrás y no había nadie, y se quedó unos minutos contemplando el cielo, mientras pensaba en lo que le había sucedido; ella no creía en espíritus ni en fantasmas. Caminó hacia la casa, mirando al suelo.
Llegó a la puerta abrió el picaporte. Empujo la puerta levanto la mirada y... había una mujer de aspecto lúgubre y demacrada justo en la entrada.
Despertó empapada en sudor.
Nunca me imaginé
Estaba entre las dos, con movimientos delicados por momentos, producto del cansancio, se movían como queriendo sacar fuego, luego, en un intento desesperado, la velocidad y el roce aumentó, de tal forma, que alcanzaron a salpicar el piso unas cuantas gotas, como evidencia de ese particular momento. Y fue tan único, porque nunca me imaginé, que con tanto roce, tanta velocidad y tanto esfuerzo, mis manos no pudieran hacer, que ese maldito molinillo, le sacara algo de espuma a un chocolate.
Obituario
Cuando Gabriel vio en el Periódico la noticia de su propio Funeral, por fin comprendió. En el Velorio estaban todos sus amigos. Parecía más bien una fiesta, pero no lo era. Veía los sueños colectivos, individuales y transparentes de sus amigos entrelazados con los suyos. Era tan especial que cualquiera - a voluntad - podía regresar a la realidad.
Cerca de las doce, comenzaron a despedirse muy felices. Gabriel consideró prudente despertar, pero sus amigos con mucha ternura le hicieron entender que el era el único que no podía volver. Se sentó resignado, miró el Periódico, y por fin comprendió.
Patricio o pebleyo (El heredero)
No era efecto óptico de la piel como había pensado. Tampoco un producto del desvarío de su abuelo moribundo sino su última confesión. Mirando sus brazos trató de averiguar si también su sangre era azul celeste.
Placero
Qué porquería. Estoy podrido de limpiar de sangre las veredas de la plaza, porque a este pueblo de mierda se le ocurre festejar el día de los inocentes matando a todos sus chicos. Mirá: más tripas.
Platicando con las estrellas
“El universo es taaaaaaaaaaaan grande y taaaaaaaaan ordenado que el tiempo pareciera solo una ilusión”- dijo un pequeño y joven planeta.
“Pero la ilusión del tiempo es todo lo que necesitas para morir”- le contestó una estrella en extinción.
Polly
Esta es la triste historia de un periquito extremadamente crédulo e increíblemente incauto, que se bañaba en los pequeños charcos de agua que sus amos hacían al regar una porción de tierra cuadrada de medio metro. Pero sobrevino una sequía de doce días al pequeño mundo de Polly, y todo se hizo insoportable, hasta que al amanecer del decimotercero, el aire se volvió un poco fresco por la llegada de un camión aguatero; al oler la humedad Polly corrió, crédulo e incauto, abriéndose paso en un bosque de piernas… y fue entonces que alguien lo aplastó, cerca del agua.
Premios literarios
Añoro aquellos tiempos en los que concursaba en los Juegos Florales. Ganar el premio literario acarreaba una serie de obligaciones: leer el pregón, coronar a la Reina de las Fiestas y bailar con ella durante la cena de gala.
Pero aquel año ampliaron las bases.
Acabamos de tener nuestro segundo hijo y vamos a por el tercero.
Primer amor
Era demasiado niño para enamorarse. Pero lo hizo y de una sirena. Con alma de conquistador, le enviaba mensajes de amor en barquitos de papel. No estaba demasiado seguro, pero creía que ése era el mejor medio para comunicarse con ella. O algo así había visto en la televisión.
Durante todo aquel verano su corazón palpitó al ritmo de las mareas. Y sin proponérselo, su amor estival siempre viviría en su recuerdo como el más feliz de su vida.
Regreso
Yo no te necesito Julio, no eres más que un cobarde. Y si, me voy con otro, ¿y que? y es mejor que tu en todo. Mírate, estas llorando como un niño chiquito, eso es lo que siempre detesté de ti, que nunca creciste. Madura hombre, consigue un trabajo de verdad y supérame si puedes, porque esta vez no me voy a tragar ese cuentito del suicidio, no señor.
Eso fue lo que dijiste ese día Raquel, y mírate ahora de rodillas chillando como una perra herida. Deja quieto ese cadáver Raquel y párate que ahora sigues tú.
Rivales
Nos miramos fijamente. Nuestros músculos se tensionan. El público contiene la respiración. Suena la señal. Nuestros cuerpos reaccionan instintivamente. Se cruzan nuestros ataques. Recibo tus golpes. Esquivas los míos. Caigo al suelo. Mis fuerzas me abandonan. Alzas los brazos, victorioso. El público te aclama. Eres el número uno. Lo tienes todo. A mí no me queda nada. Eso es lo que piensas. Pero te equivocas. Al tenerlo todo, ya no te queda nada. Yo tengo lo único que necesito. Lo que necesita todo ser vivo. Un reto. Un objetivo. Superarte. Superarme.
Suena la campana y todos volvemos a clase…
Ruleta justa
El primero en apretar fue Elkin. Nada. Se la pasó a Pacho. Nada. Se la pasó a Elkin. Apretó, se desplomó, el hilo de sangre ya iba por el mentón. Nueve meses después, cuando le entregaron los resultados en el laboratorio, la mujer quedó atónita. El examen comprobó lo que el azar le había insinuado. En efecto, Pacho era el papá del niño.
Sangre, sudor y lágrimas
Eran las 8 a.m., entré a mi blanca habitación y ví entre mis sábanas, mucha sangre, roja y brillante. Seguí las marcas de sangre, me llevaban al baño; allí encontré a mi novia tirada, desnuda, sudada y bañada en sangre.
Me arrodillé para verla y comprobar si aun seguía con vida, mientras en mi mente me invadía el miedo y todo tipo de interrogantes ante semejante situación. No comprendía que había sucedido.
Un hombre, vestido de negro, apareció, me miró llorando y me disparó.
Mi esencia se elevó y mi cuerpo se quedó, sin vida.
Sequía
Cuando por fin llegó la ansiada estación de las lluvias a aquella región dejada de la mano de Dios y del diablo, fue ya demasiado tarde: nadie recordaba ni qué era una estación, ni qué era la lluvia.
Sin retorno
Estuvimos por horas en esa espesa oscuridad, tropezando con la ropa regada por el suelo, a ella le gusta con las luces apagadas. Podía ver la silueta de su cuerpo como si su piel irradiara luz por los contornos. Recorrí esa carretera de poros y dermis hasta que quedamos rendidos, pero cuando quise encender las luces fue como si todos los focos se hubieran fundido al mismo tiempo y mi cuerpo se fuera paralizando de a poco. A punto de entrar en pánico volví a la iridiscencia de su cuerpo -Te lo dije, ya no puedes regresar-.
Sin título
Cerró el libro de Peter Pan y se quedo pensando.
Entonces con una sonrisa segura en sus labios, de esas retorcidas que suelen hacer los psicópatas y aquellos que no creen en la felicidad, dijo:
No creo en el amor!
No creo en el amor!
No creo en el amor!
Y en ese mismo momento tres corazones rotos cayeron muertos al instante.
Sobre los unicornios
Miguel Hernández le insistió siempre a su hijo que los unicornios no existían. Algo, como un nudo de hormigas negras, se atoró en la garganta de Miguel cuando vio a su hijo cabalgando un unicornio negro a la salida del cementerio donde acababa de sepultarlo.
Teléfono ángel
Mi marido se durmió al volante y a mí me despertó la Guardia Civil para comunicarme su fallecimiento. Angustiada por no poder despedirme, el psicólogo me recomendó el Teléfono Ángel: se trataba de enterrarle con un móvil de última generación, para que pudiera desahogarme a cualquier hora del día o de la noche.
Llevaba llamando seis meses cuando descubrí que había anotado mal el número.
Ya me extrañaba a mí: en vida nunca supo escucharme.
Tensa incertidumbre
Sentado dentro del camión, apretujado entre sus compañeros, enfundado en su uniforme de trabajo y sudoroso por el calor -o quién sabe si por algo más-, piensa en los platos de comida abandonados a toda prisa en el cuartel, y se pregunta qué le espera más allá de la columna de humo que se levanta, densa, virulenta, imponente, poderosa y amenazadora, en un barrio de la gran ciudad.
Tierra en el corral
golpes de azada en tierra...
Antonio Machado
Se lo puedo asegurar don Nemesio, fueron doce golpes de azada que escuché anoche. Hoy encontré el montoncito de tierra en el corral. ¿Será otro pecado de las mujeres niñas don Nemesio? –No Inocencio, eso ya se acabó y ya olvidate de esto—.
Una maceta más, una maceta menos.
Círculos y óvalos. Órbitas y estrellas. Por ahí entre todo eso hay tres pajaritos. Uno es verde y otro azul. ¿Y el tercero? La verdad que no lo sé.
Valeriano Rumas
Los recuerdos son como fantasmas, se esconden en los objetos y cuando los tocas puedes liberarlos, eso decía Valeriano Rumas, a según de alguna ridícula leyenda irlandesa. Yo nunca le creí, a la fecha no le creo, por eso cuando me llamó, atormentado según él, por el recuerdo se sus novias de secundaria y todas sus mascotas le colgué el teléfono en seguida. Intenté sin éxito hacer que saliera de su casa cada día por 5 años. No me detuve por hartazgo, sino cuando empecé a escuchar ladridos y maullidos por el auricular. Es obvio que quería convencerme.
Viernes
Por fin término la semana. Aunque desde hace tiempo no hemos tenido mucho trabajo en la línea, cada día me encuentro más y más cansado. Antes hubiera podido culpar la edad… pero a nosotros los fantasmas no se nos permite usar esa excusa.
domingo 27 de julio de 2008
1er Concurso de microcuentos El dinosaurio
1462
Los lobos tenían mucha hambre, era invierno y todavía no existía la bombilla. Aunque eso no les importaba, si es pertinente recordarlo porque significaba que las ciudades no tenían alumbrado público para la noche. El fomento del robo y de quien sabe que otro montón de fechorías, era casi una invitación científica, no atenderla sería una vergüenza. Y eso los lobos lo aprovecharon. Mientras caía la nieve, los no ciudadanos, los aún más salvajes, se lanzaron contra los peatones impuros, los marginados y sexuales personajes insomnes. Fue un hermoso baño escarlata, una naturaleza pura y sobreviviente, que limpió sus fauces con la derretida escarcha que, de vez en cuando, los rozaba.
A toda
Tony no esperaba el momento de que abrieran la puerta de la casa para salir corriendo a “mil y culo”. En su marcha atravesaba la calle y se dedicaba a husmear cuanta esquinita, arbolito y roca encontraba. Un día, luego del descuido, bajó un taxi a toda prisa y nuestro amiguito quedó estirado en el suelo. Jairo lo levantó y lo llevó a la entrada de la casa donde lo masajeó para reanimarlo. Se dijo que estaba reventado por dentro, que se le habían quebrado los huesos, que había quedado fulminado de un paro cardiaco... Tony sin más se fue levantando con el rabo ente las patas y muy achantado por su fracasada osadía se metió debajo de una cama. Tony no dejó de oler a mierda y a muerto durante todo el día.
Asepsia
Aquel borracho se acercó al puesto de comidas rápidas y le pidió a Verónica una butifarra. Ella le entregó un palillo de dientes para que tomara la bolita de carne a su gusto. Él tomó una con dificultad, debido al apuro que le generaba conservar derecho su eje; al llevar el bocadillo a su boca, chocó contra sus labios y fue a dar al suelo. El hombre miró a su alrededor, como con quien la cosa no fuera, se agachó a recogerla con la mano, la puso sobre un ala del carrito de comidas, tomó otro palillo limpió y de nuevo pinchó la butifarra para llevársela a la boca.
Asesina de ilusiones
El Destripador dejó de asesinar prostitutas el día en que su madre le dijo que las calles de Londres estaban muy peligrosas para salir de noche.
Bücherverbrennungen.
La orden había sido dada y ya se cumplía. Algunos alaridos lejanos y quejosos se silenciaban con los golpes de los fusiles. Las cenizas se elevaban brillantes pero la fría noche no tardaba en reprimirlas. Por fin volaban esas malditas letras “antiprogresistas”, con sus discursos venenosos y “problemáticos”. Algunos mendigos empezaban a acercarse y aprovechar el inesperado calor; estiraban sus manos, satisfechos e ignorantes. Arrójalos, arrójalos todos, exigía el Capitán-Teniente-General a sus soldados, viendo orgulloso como la pira crecía y crecía. Sudaba un poco, su bigote parecía encogerse, el fuego era mucho y las columnas de los “elementos altamente subversivos” parecían no acabarse. Ehh, falta mucho soldado, preguntó. El inventario nos indica señor Capitán-Teniente-General que vamos por la letra eme y aproximadamente unos once mil quinientos volúmenes faltan todavía para ser eliminados señor, respondió el soldado. No preguntó más, un cansancio, y porqué no un remordimiento, lo envolvían. Estiró una mano fría mientras una pálida página, al frente, ahora en cenizas la calentaba.
Caer
“Muero contento, hemos batido al enemigo”, dijo el suicida, ante de.
¿Cómo estas?
¿Qué como estoy? Estoy como esa flor que es arrancada de su mundo y es desmembrada pétalo por pétalo, por las manos asesinas de un amor ambivalente.
Pero gracias por preguntar.
Desagradable gracia
Erimateo paseaba, cierto día, muy alegre, tarareaba una canción maluca pero pegajosa, cuando de repente le cayó una caca en la frente y parte del hombro izquierdo. De inmediato miró para ver cuál era esa “maldita ave” que le había provocado tal desgracia, proporcionándole tan desagradable gracia, pero no pudo ver nada. Aquella caca era algo extraña, un poco incolora, un poco insípida, no olía mal pero tampoco olía bien y era exageradamente brillante. El joven desesperadamente miraba para todos lados mientras seguía preguntándose qué ave era, ¿un gallinazo, tal vez? Pero no, ¿una paloma? No era posible. Pero… ¿qué plumífero podía expeler medio litro, aproximadamente, de materia fecal? Miraba y miraba ansiosamente cuando, por fin lo vio, parado en un tejado. Estaba allí con sus blancas alas que batía torpemente, esa carita de “yo no fui” y una risita nerviosa que delataba a cualquiera… Señores, a Erimateo lo había cagado un ángel.
Despedida
En dos horas tenía su entierro, por eso a Andrés Holguín se le retorció el estómago cuando vió a su abuelo venir hacia él luego de cruzar la calle.
Despertares
Se levantó de la cama como un tirón. No sintió el corazón reventar contra el pecho como era costumbre… Al girar en sí vio a su cadáver descansar placidamente tendido en la cama. No estaba a su lado la mujer que creyó tener durante años, tampoco las tres hijas rubias, la casa no parecía la misma y afuera no había nada parecido a la noche o al día… Entonces supo que realmente había despertado.
Destino
Cuando decidió dar el primer paso, ya todo había terminado.
Dos amigos
Ese día Castillo me estaba esperando en el semáforo a las 12 del medio día. Él era muy amigable, tanto, que salir a dar una vuelta con él significaba hacer pares en todo momento a causa de los amigos que se encontraba y cruzaba algunas palabras. Cuando iba llegando al semáforo le levanté la cabeza como señal de saludo, él me respondió pero me detuvo con la mirada; al parecer estaba hablando con uno de sus parceros de cosas importantes y no quería que lo interrumpiera. Su acompañante le dio un apretón de mano, le entregó unos papeles, se despidió cordialmente y él asintió. Al acercarme, Castillo me dijo: Guevón, me acabaron de atracar…
El escritor de cartas.
Manuel no había sido un huérfano más, pero pareciera; sus padres le negaron la posibilidad de tener hermanos, lo cual para él, era la peor de las orfandades. La historia de su vida, podía resumirse con facilidad: una madre sobreprotectora que murió muy rápido y un padre enfermo que tardó mucho en morir, una contextura física y emocional lánguida que le impidieron tener verdaderos amigos o siquiera conocidos, además de una arrogancia que le sirvió para alejarse de todos; una nariz, una frente y un aliento, le hicieron ser un convencido de su propia fealdad, sin que alguna vez, intermediara una opinión, que le diera o quitara la razón.
Un buen día descubrió, por las innumerables cartas de agradecimiento que le escribían a su padre –un viejo y decaído siquiatra-, que la mejor forma de entregarse al mundo y que el mundo se entregara a el, sería a través de cartas. Llego a esta conclusión luego de evaluar las gracias y virtudes de la comunicación epistolar. En las cartas, nadie oiría su femenina y tartamuda voz; nadie vería su mala facha y su caminar torpe; nadie sospecharía de sus miradas inseguras y esquivas; en cambio, cada carta transmitiría la vida que siempre le había faltado, desbordante de viajes, aventuras y riesgos, además, con su cuidadosa caligrafía –el arte de los verdaderos solitarios- ocultaría la inexorable fealdad que siempre había padecido.
Escribió docenas de cartas de amor a cinco diferentes amores imaginarios, enamorándose en versos y despidiéndose en prosa; escribió numerosas y larguísimas cartas a su mejor amigo, quien por motivos de conveniencia y coherencia, había viajado lejos desde hacía mucho, las cuales, en varias ocasiones fueron respondidas con una escueta frasecilla “la dirección y el nombre no existen”; escribió cartas a su madre, pero la oficina de correos jamás pudo localizar “ese lugar del que tanto me hablaste”; sintiéndose enfermo y viejo, escribió una carta de despedida, que jamás fue enviada, y siquiera leída.
El día de su muerte, meses después del fallecimiento del viejo siquiatra, escribió su propio obituario, agradeciendo a sus amigos, disculpándose de sus amores olvidados, y esperando, pronto encontrarse con su madre. Antes de cerrar los ojos, pensó, que había válido la pena escribir las cartas, porque esperando una verdadera respuesta, se le pasó la vida.
Estructuras
Sufría de espasmos temporales en los cuales el orden era lo único importante, simplemente su obsesión. Ordenar. Ordenar. Ordenar. Ordenó su cuarto, la sala, la cocina, volteó la casa y la volvió a poner al derecho. Después de menos de 5 minutos de haber terminado, lloró frustrada en la sala ahora impecable. Su frustración radicaba en saber que le había tomado casi todo un día darse cuenta de que el desorden no estaba en el interior de esas paredes, sino en su propio interior.
Lo que necesitaba era un exorcismo
Agustín el flaco, se le torció al diablo… algunos años antes en la encrucijada de caminos había hecho un pacto con este. Le pidió que si la mujer que amaba caía rendida a sus brazos, haría todo el mal que fuera posible. La relación con esa mujer que aun le trastornaba el sueño no salió nada bien, siempre que quería hacer algo bien le salía mal, demasiado mal.
Un sábado en la tarde, se le apareció el “príncipe de las tinieblas” a cobrarle el pacto hecho, porque lo único que había conseguido hacer mal era la relación con su mujer. El flaco sacó una estampita de la virgen que cargaba en el bolsillo de atrás del pantalón y le dijo: “alejate de mi negro desgraciado”, y corrió rápidamente a esconderse en la iglesia. El cura al ver su cara de susto se le acercó, inmediatamente Agustín le contó la historia, y este le respondió que lo que necesitaba era un exorcismo. Lo llevó a la parte de atrás del confesionario y allí le metió el bien y le sacó el mal, repetidas veces. Desde ese día, ese pobre muchacho, anda con unas manías muy raras, hasta le cambió el caminado, sigue yendo a confesarse frecuentemente y dice que no volvió a sentir la presencia del “enemigo malo”… Yo lo que creo es que el diablo no perdona.
Huevos de oro
Después de revisar miles de huevos buscando un indicio de oro en su composición, Fidias E. debió conformarse con la teoría áurea que indica la relación proporcional más estética y equilibrada que han de cumplir dos dimensiones desiguales entre sí.
Injertos
La mata rastrera se extendió por el campo junto a su aroma; dio papaya y se la robaron.
Inmortalidad
Mi secreto, señor, es que en todo este tiempo no he leído una sola línea.
Jonrón
Prepararon todo de antemano: las botellas de cervezas bien frías, las palomitas de maíz, el cojín familiar gastado por el uso. Desconectaron el teléfono para no tener una interrupción molesta, ningún timbre en el momento menos oportuno. Saben que sus vecinos están preparando un ritual semejante.
Cuando todo está listo se sientan en el sofá de la sala, prenden la televisión y siguen con una fruición sin concesiones cada una de las incidencias del noticiero para dar gracias a Dios por permanecer y que vivos, muy a pesar que los lanzamientos mortales están muy cerca del home. Es el último inning de esperanzas.
Juzgado
Después de días enteros de juicios, sin hallar a un culpable.
Marco De
La cuchara, el cuchillo y el mantel
La cuchara rebanaba sin ganas el pastel. Y también estaba ahí el cuchillo, sobre el mantel blanco, que pronto se vería involucrado en asuntos de maternidad.
La desgracia
El hombre dejó que la roca lo sostenga y que las pieles lo cubran. Observó la verticalidad de los objetos como la piedra-mesa o la piedra-televisor, quizás sospechando cierta ambigua estupidez natural. Luego sus ojos de acostumbraron a la posición y a la rigidez, a la abertura enorme de la caverna que dejaba entrar el olor del bosque; se fue acostumbrando a la ventana sin cortinas ni sol, al somier al que ya le sobraba un lado y dos patas, al animal que había matado en vano y al tapado de piel que colgaba del perchero, inútiles ambos objetos como así fundadas sus ganas de llorar.
La mujer no pensó en el garrote de otrora, ni en las promesas de entonces. Dejó que el hombre se durmiera y entró en la caverna, buscó lo que de aquellos años no tenía y colocó cuatro prendas y un par de zapatillas en un bolso de lona. Por algún extraño motivo sintió temor de caminar por la montaña y el bosque a esa hora del atardecer donde los animales (o los hombres) eran peligrosos, pero de todas formas cerró la puerta y se alejó por la avenida repleta de automóviles y cirujas.
Algo se movió entonces, apenas, como un segundo. Cuando la mujer se perdió tras las rocas-edificios y cerró la puerta, él sintió ese movimiento en los ojos: un torrente de lluvia, una descomposición carnal. Se levantó deprisa, tomó el garrote sólo para volver a resignarlo contra la pared de la caverna, se rascó los cabellos enmarañados, amasó la barba hacia abajo, dejó tiesos los ojos y se dio cuenta de lo sucedido. En esa furia se arrancó las pieles que llevaba encima y se arrojó al suelo boca abajo, tragó el polvo y pateó el suelo. Luego giró, miró la roca del techo, el cielorraso de yeso, la lámpara, un cuadro en la pared, la puerta que acababa de cerrarse. Se arrojó sobre la cama, tembloroso, y se dejó rodar hasta caer sobre la alfombra; respiró pelusas. Algo se movió entonces en los ojos, apenas, como un segundo, como un siglo, como miles de siglos… y el hombre inventó el tiempo, el dolor, la tristeza, la bronca, el abandono y la lágrima. Sobre todo eso: la lágrima. O el desamor.
La espera
Se duchó cuando aún estaba oscuro. Sacó del armario el viejo vestido, la corbata arrugada, los zapatos de charol. Bajó al comedor más temprano, desayunó con ganas y se sentó en a esperar. A las diez en punto empezaron a llegar; miraba los rostros jóvenes, escuchaba las risas. “Hola abuelito”, dijo una niña a lo lejos. Él aguardó hasta las doce. Cuando regresaba a su habitación le informaron que tenía una llamada de su hijo. No quiso contestar.
La familia que creó la Historia
Ongh y Uthla conocían el fuego del cielo, bebían de las serpientes de agua y comían otras bestias que cazaban.
Su hijo fue el primer homínido que pintó la pared de una cueva.
La familia que creó la Historia murió sin saber de sí.
La fórmula
Casi todos lo días se paga un precio,
Y el gato lo sabe, sabe mucho de estas cosas (aunque quizás haya olvidado lo que es ser gato), del pucho compañero, del vaso, de la botella a trasluz, de ese tango, siempre el mismo, del almanaque arrancado, de la foto amarilla de los viejos sobre el modular, de las pupilas enhumadas, del cielo raso, del nudo en la garganta, en el alma, en el estomago, en los huevos porque sigue bajando, y seguirá bajando porque casi todos los días se paga un precio.
Casi todas la noches, se paga un precio,
Casi todas la noches, él prueba otra vez, encontrando placer en el intento (acaso ya no le importe el resultado).
Aprieta bien fuerte los ojos cerrados, para imponer lo que nunca llega, porque sigue acostado en la misma cama de siempre, prendiendo y apagando el velador, por si pasa algo.
Y un día pasa.
Y tiene que cambiar la bombita.
La inocente
Corrió por la avenida repleta de gente. Idiotamente creyó que lograría escapar de lo que la perseguía. Luego subió a un ómnibus, bajó en cualquier esquina. De inmediato detuvo un taxi: “¡hacia cualquier parte!”, gritó al conductor. Pasada una hora bajó del automóvil, corrió por una plaza atestada de colegiales, se deslizó por una escalerita que halló en otra esquina cualquiera. El subterráneo la dejó como al olvido en una polvorienta estación sin nombre. Ascendió las escaleras, asustada; ahora buscaba nuevamente la luz diurna. Otro taxi, un ómnibus, una mirada oblicua. Creyó que a esas alturas lo había logrado. Abrió la puerta de un golpe. Su marido preparaba la comida. Él, sin siquiera darse vuelta para verla esa última vez, le dijo: “te llegó el correo que tantos esperabas”. Ella vio la caja sobre la mesa. “Al fin”… pensó mientras recuperaba el aliento. Cuando abrió el paquete no tuvo tiempo de creer lo que vieron sus ojos. Cayó muerta.
La involuntariedad
En el último intento por matarme se me olvidó el propósito de la hazaña y sostuve con la mano las correas del casco para que mi cabeza no se estampara contra el andén al que chocaría.
El episodio de un mucho exceso y de un perfecto bufón.
Lo vi todo: Jairo tambaleando y de pronto chocándose contra una figura alta. Las posteriores preguntas y los inevitables insultos. El primer golpe y los cinco siguientes: Jairo era un animal salvaje, un luchador de la justicia. Un problema: sus varios golpes no parecían afectar a su oponente, pero sí a sus nudillos que sangraban y se hinchaban. Jairo entonces lloro y lanzó su último esfuerzo con el puño derecho cerrado; un detalle: no escuchó las risas.
Ver a un borracho peleando con un poste le hubiera parecido. francamente, una gran imagen.
Monólogo… y un arma
El tacto furtivo del arma dentro de su abrigo desencadenó todo lo demás. No rezó ni invocó extraños sortilegios para su suerte. Descorrió la cerradura de su apartamento, sintió que ya se empezaban a formar coágulos en sus ojos, y creyó cegarse en un corredor sanguinolento, el que daba a la calle. Ningún vecino. Agarró un puñado de tierra de una maceta, tal vez lo más parecido a un rito, y salió a la noche.
Las primeras cuadras las caminó acompasado, olvidando la urgencia, cruzándose con otros iguales, sesgando todos por su camino a la noche a manera de cuchillos rutilantes que cortaran la mantequilla abrasadora, abandonando toda certeza en ese blanco amarillento para no pensar en sus pasos. Uno que otro carro unas calles mas allá, todo lucífugo, cuchillos usados en el desayuno. Miedo.
Entró en un bar para relajarse y dejar de pensar. Pidió una cerveza y observó, como tantas veces con otros tragos, la moldura con la que una filigrana de dedos huesudos sostenían un cigarrillo por apagarse, y esa penumbra amarillenta que se deslizaba al fondo del bar lo demoraba de su destino; iba, se sentaría, tranzaría cualquier cosa con alguna de las mujeres que acompañaban al hombre del cigarrillo, encendería uno él mismo, y mañana con resaca habría olvidado todo. Bebió de un sorbo violento la cerveza para ahuyentar esos viejos e inútiles pensamientos. Pagó y no volvió jamás; mientras salía por los escalones de la puerta trasera del lugar, vio a través de las ventanas sucias y polvorientas la ebriedad que se aplastaba contra las paredes adentro, sintió en el pecho una herida vidriosa, desvió la mirada hacia la avenida, lanzó una pedrada contra el lugar; las carcajadas de borrachera ahogarían la caída de vidrios rotos.
Taciturno y explicito, caminó el resto de calles y pasadizos que le faltaban para llegar. Miro de soslayo el edificio, su fachada odiosa y guindada de excremento de palomas. Un edificio malamente anochecido, y fue solo empujar la puerta y encontrarse con sus escaleras desconchadas, sus techos agujereados, las macetas vaciadas y las baldosas cuartadas y encharcadas. Todos detalles nominales, que incidían secundariamente en el devenir de la noche y que él creería trágicos, dramáticos, teatrales. Subió con similar solemnidad hasta el 5 piso, quedándose de cierta forma en la entrada del edificio, en la caída sorda de los vidrios rotos y en la intuición del arma en su abrigo. Una típica y casi impersonal corazonada por poco lo derrumba, trastabilló hasta las paredes del corredor, tanteando en la oscuridad para encontrar la puerta.
Recordó por un instante las cosas suyas que encontraría en el apartamento, le pareció otro detalle escénico y solemne; hurgó la cerradura con un alambre que llevaba en un bolsillo, escuchó el clic que giraba y dejó escapar una sonrisa cansada, dada solo con la mitad de la boca.
Monstruo
Vivió soñando que era un hombre, un día despertó y asesinó a toda su familia.
Del octavo piso se tiraron los dos.
Ojos y niños
Había una vez una niña que tenía unos ojos que en realidad eran plantas carnívoras. Pero no plantas carnívoras de esas que comen moscas y alimañas atontadas, sino de las que comen pedacitos de gente distraída. Sus ojos eran tan, pero tan-tan, que a veces algún hombre pasaba arreglándose el nudo de la corbata y sentía que algo lo miraba desde alguna parte, y cuando giraba su cabeza veía los ojos de la niña y comenzaba a picarle todo el cuerpo, tanto que sin saber por qué, apretaba el nudo de su corbata y la presión le molestaba tanto que debía sacar la lengua, y los ojos de la niña daban un parpadeo veloz y ¡zuáquete!, se robaban de un tirón ese músculo rosa y húmedo, y la niña ni se daba cuenta. Otras veces sucedía que sus ojos se quedaban despiertos cuando ella dormía. Y cuando despertaba, encontraba bocas u ombligos de niño junto a ellos, recostados en la almohada. A veces les preguntaba de dónde habían sacado esos pedazos de niño. Pero ellos solo parpadeaban y se quedaban mirándola. Cuando la niña se ponía pestañina y sus ojos se convertían en plantas carnívoras aún más letales, se asustaba de repente al toparse con niños sin labios, sin ombligo o sin uno de sus dedos. Se quedaban mirándola atontados, como si reconocieran sus ojos de planta carnívora y no supieran si sentir pavor o pedirle que se les llevaran otro pedacito de cuerpo. “Tal vez les ha fascinado mi manera de mirar”, pensaba la niña para tranquilizarse, y seguía su camino, sin darse cuenta de que a su paso un montón de personas se iban quedando sin boca, sin porciones de oreja, sin aliento… golosos que eran los ojos de la niña, que no eran ojos sino plantas carnívoras.
Otro pozo
Ella me besaba y me besaba, pero aquí estoy: sigo croando, como si nada.
Pánico
Él yace pávido en la oscura esquina de siempre, esa que refleja su alma. Sumergido en su absurda juventud, hace su mayor esfuerzo para abrir sus ojos, pero parecen sellados por la mezcla de pánico y cansancio. Ya no sabe si desistir. Pero esta seguro de que algún día abandonará su promesa y -algún día- dejará de creer en hadas por el simple miedo a asesinarlas.
Pequeña historia de amor
-¿Me querés todavía?
-¿Eh?
-Que si todavía me querés.
-Sí.
-Ah (sonríe).
...
-Avisame cuando ya no.
-Bueno, cualquier cosa te digo.
...
-Pero va para largo, me parece.
Purgatorio
Dios se rió de mí cuando mi trabajosa confesión plagada de justificaciones.
-Bueno, bueno, no es para tanto -dijo.
-Pero si todo esto era un juego... -dijo el Diablo, que estaba en la otra esquina de la mesa, y me acarició la cabeza con ternura.
-Hombre, tomárselo tan en serio...
Reconciliación
Regreso
Cuatro años a bordo habían sido suficientes. Mientras la puerta se abría sintió que lo devoraba la ansiedad. Luego, cuando por fin bajó y tuvo en sus brazos a la mujer, el viento le sopló la verdad como una bofetada en la cara: aquella chica no era la misma que había dejado ni la que había imaginado durante su larga estadía en el barco.
Réplica
En el punto más álgido del sermón del Padre Domingo Nátas, un joven se levantó de la última fila y pidiendo la palabra, observó al clérigo que si quería seguir insistiendo con la boludez esa de los que buscan mensajes diabólicos en temas de rock pasándolos al revés, antes empezara por su propio apellido.
Sin título
Esta mañana al sentarse Juan a desayunar la cara de su esposa y el gesto de sus hijos lo acusaron de empobrecimiento ilícito. Pintado de ocasos purga su condena partiendo a pedazos el lecho de una arteria de progreso y bienestar.
Sin título 2
Y mientras la veía alejarse, podía sentir como su felicidad se iba convirtiendo en recuerdos.
Somalia
Ser flaco es sinónimo de éxito. La exigente sociedad ha impuesto un standard de delgadez y quienes lo exceden se sienten desvalorizados y fracasados. No hay reunión social en la que no se toque el tema del peso, de los kilitos de mas, de la dieta de moda, pero nunca de la situación que vive África ni siquiera imaginar en adoptar un famélico niño que luciría bien en esta anoréxica sociedad.
Toño
Toño era un pobre diablo que se amaba a sí mismo con locura. Un día Toño se cayó de un palo de coco, fracturándose gravemente la pierna. Y desde ese día Toño fue feliz, porque cada vez que da un paso el mundo entero se inclina ante él algunos grados.
Trabajo terminado
Desde donde yo lo veía , parecía ser un circulo de unos veinte por veinte centímetros, con una cruz en el centro, ayer no estaba, de eso podía estar seguro.
Lo habían pintado en la esquina, en la vereda de enfrente, justo en línea oblicua a la ventana de mi oficina.
De los cinco que esperaron el colectivo ese día, las dos primeros lo ignoraron olímpicamente, el tercero lo esquivó parándose a un lado, el cuarto se abrió de piernas justo en ese lugar, y el quinto, que permaneció parado en el circulo un tiempo prudencial, fue el que recibió el disparo entre ceja y ceja.
Usanza.
Mordiendo una uña renegaba de nuevo, la escupió, quedó adherida al cuero del asiento, no sabía qué estaba haciendo. Al diablo mandaba las monedas que se caían del pantalón, esperaba que no saltara el bus mientras se sacaba un moco, ojalá, porque sería un gran punzón en esos cornetes riníticos.
De noche como siempre, con sus piernas recogidas contra su pecho, pues no había mucho espacio en ese asiento. El humo de los chorizos que asaban en esa esquina se colaba por la ventana provocando antojos de regurgitar hasta la última gota de sus entrañas, tapó su nariz con la manga del saco, el bus arrancó y atrás quedó otra pésima experiencia.
Hasta cuándo seguiría en ese estado, no entendía la razón, siempre ocurría lo mismo, sacaba su mano, el bus paraba, se subía y se sentaba, luego de un rato se paraba, timbraba y se bajaba, caminaba por el asfalto hasta su casa, abría la primera puerta, luego la de vidrio, después subía al ascensor, recorría el largo pasillo y entraba a su casa, es lo más normal para todas las personas, para él era innecesario, repudiable, le estorbaba hacer lo que todos hacen, sin embargo era necesario, o quedaría de pié, esperando el bus, viendo cómo pasa uno y otro, hasta que sus piernas no aguantaran más y cayera sobre el andén, hasta que el bus lo recogiera, regalándole al piso unas cuantas monedas que no le servirán de nada, arropado por el viento, el olor de la calle, y de la soledad absoluta.
Velorio de don Gregorio
Cuando murió don Gregorio, el señor de la tienda, lo velaron en la sala que queda al lado de la iglesia. A parte de su familia, asistieron muchas personas del sector porque el “cuchito” era muy apreciado en el barrio. Entre oraciones, tintos y guarito, iba transcurriendo el tiempo cuando entró al recinto un loco del barrio, muy sucio y mal oliente, con su costal al hombro. Se acercó al féretro, talvez a rezar una oración, llamado por la curiosidad que le produce a la gente un hecho como este. Algunas personas que estaban allí se sintieron ofendidas por la presencia de aquel hombre y fueron a pedirle que se fuera. El loco sin problema se alejó, pero pasados unos 10 minutos volvió y de nuevo fue sacado de la sala. Unos 15 minutos después, regresó como si no hubiera pasado nada y uno de los familiares de don Gregorio ya molesto le dijo en voz alta: “RESPETÁ HOMBRE, ANDATE QUE NO TE QUEREMOS VER MÁS POR AQUÍ”. El loco salió de nuevo, se dirigió a una de las ventanas por la cual desde la calle se podía ver hacia adentro y aferrado a la reja le gritó a todos los asistentes al velorio: “QUE HIJUEPUTAS TAN PICAOS CON ESA HILACHA ‘E MUERTO”.
Vividora
Mi madre me roba; la voy a denunciar.
Se cree que no la veo: entra cuando estoy durmiendo -siendo que nunca lo hago completamente-, y, agazapada, me hurta las monedas de un peso que guardo en la jarra.
A veces, para asustarla, me muevo un poco y bufo: abre grandes los ojos.
Siempre igual.
Después se lo gasta en pan: eso me indigna.
